El plan secreto del Mossad y la CIA para derrocar al régimen iraní

Un plan secreto del Mossad y la CIA buscaba convertir la presión militar contra Irán en una fractura interna del régimen, activando el frente kurdo en el noroeste del país.

El plan secreto del Mossad y la CIA para derrocar al régimen iraní
Mapa de Irán con la región kurda resaltada. Imagen generada por IA / Oriente 360

Mientras Irán intentaba presentar la guerra como una victoria de resistencia, detrás de escena se estaba preparando una de las jugadas más audaces contra la República Islámica: abrir un frente kurdo en el noroeste del país, con apoyo del Mossad y la CIA. La idea, según el análisis publicado por Amit Segal en Israel Hayom, no era simplemente golpear otra base militar ni añadir presión táctica sobre Teherán. El objetivo era mucho más ambicioso: convertir la superioridad militar israelí y estadounidense en una grieta interna dentro del régimen iraní.

El plan partía de una premisa correcta: Irán no es un bloque uniforme. Es un Estado multiétnico gobernado por una élite ideológica que se sostiene mediante la Guardia Revolucionaria, los servicios de inteligencia, la represión interna y una red de milicias regionales. En ese mapa, el Kurdistán iraní representa una de las zonas más sensibles para Teherán. Tiene geografía montañosa, frontera directa con Irak, tradición de resistencia armada y una población históricamente reprimida por la República Islámica. Si había una región capaz de convertirse en punto de presión interna, era esa.

Según distintas informaciones publicadas en medios como Axios, facciones kurdas iraníes habían estado preparándose para una posible operación terrestre contra posiciones del régimen en el noroeste de Irán, con apoyo atribuido al Mossad y a la CIA. La lógica era clara: Israel y Estados Unidos golpearían desde el aire, mientras fuerzas kurdas presionarían desde la frontera iraquí. No se trataba solo de abrir otro frente militar. Se trataba de demostrar que el régimen iraní podía ser atacado no solo en sus instalaciones nucleares, sus radares o sus bases, sino también en su control territorial interno.

La operación tenía sentido desde la perspectiva israelí. Durante años, la República Islámica ha construido un anillo de fuego contra Israel: Hezbolá en Líbano, milicias chiíes en Irak y Siria, hutíes en Yemen, infraestructura terrorista en Judea y Samaria, y apoyo directo a Hamás y la Yihad Islámica. Irán no ha sido un actor distante, sino el centro operativo e ideológico de una campaña regional contra el Estado judío. Por eso, limitarse a responder militarmente a cada brazo del pulpo no alcanza. La estrategia israelí necesita golpear también la cabeza del sistema.

Desde ese punto de vista, activar una presión kurda contra Teherán no era una aventura gratuita, sino una forma de llevar la guerra al terreno que Irán ha usado durante décadas contra otros. La República Islámica financia, arma y dirige actores no estatales fuera de sus fronteras para debilitar a sus enemigos. La diferencia es que, en este caso, la presión se habría dirigido contra un régimen que reprime brutalmente a sus propias minorías y exporta violencia a toda la región. Irán convirtió la guerra indirecta en doctrina. Israel y Estados Unidos exploraron usar esa misma lógica contra el centro que la produce.

El problema fue político, no conceptual. Según Amit Segal, el plan cayó en el último momento por presiones externas, especialmente de Turquía. Erdogan habría advertido a Trump que una ofensiva kurda podía alterar todo el equilibrio regional. Para Ankara, el fortalecimiento de cualquier actor kurdo armado, incluso si opera contra Irán, es visto como una amenaza estratégica. Turquía no necesitaba defender a la República Islámica para oponerse al plan. Bastaba con temer que una victoria kurda en Irán reactivara aspiraciones kurdas en Irak, Siria y la propia Turquía.

También había un problema iraquí. Una operación lanzada desde el Kurdistán iraquí exponía a Erbil y a Bagdad a represalias directas de Teherán. Irán conserva capacidad de presión dentro de Irak a través de milicias aliadas, vínculos políticos y amenazas militares. Para los kurdos iraquíes, permitir el paso o la movilización de fuerzas kurdas iraníes podía abrir una oportunidad histórica, pero también provocar un castigo inmediato. Esa tensión explica por qué el plan necesitaba algo más que audacia israelí y respaldo estadounidense: requería una arquitectura regional capaz de sostener la operación.

La importancia del episodio está en lo que revela. Israel no estaba pensando solo en interceptar misiles o destruir instalaciones. Estaba pensando en cómo transformar el golpe militar en presión política sobre el régimen. Ese es el punto central. La guerra contra Irán no puede medirse únicamente por daños materiales. La pregunta decisiva es si la República Islámica puede seguir gobernando, reprimiendo y exportando violencia después de haber demostrado su vulnerabilidad.

El frente kurdo habría sido una herramienta para acelerar esa pregunta. No garantizaba la caída del régimen, pero sí podía obligarlo a dispersar fuerzas, defender territorio interno, enfrentar una minoría movilizada y mostrar ante su propia población que el poder de Teherán no era intocable. Para un régimen basado en la intimidación, la imagen de pérdida de control puede ser tan grave como la pérdida de una instalación militar.

Por eso el fracaso del plan no debe leerse como un error israelí, sino como una oportunidad frenada por la cautela de otros actores. Israel identificó una vulnerabilidad real. La República Islámica tiene enemigos internos, minorías reprimidas, fracturas sociales y un aparato estatal odiado por amplios sectores de su población. La cuestión es si Estados Unidos y los aliados regionales están dispuestos a llevar la presión hasta sus últimas consecuencias. En este caso, la respuesta fue no.

La lección es directa: Irán no se derrota solo destruyendo misiles. Se lo debilita cuando se golpea el sistema completo que permite a la Guardia Revolucionaria controlar el país y amenazar la región. El plan kurdo apuntaba precisamente a eso. Cayó en el último momento, pero mostró que la estrategia israelí ya no se limita a contener a Irán. Está buscando formas de quebrar el poder del régimen desde dentro.

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